lunes, noviembre 8

12. Belleza negra



(para mi negra hermosa Leidy)

Al asomarse a la profundidad
de los fulgurantes ojos negros de su diosa negra,
el poeta vaticinaba la sensualidad,
la evocación de la pureza ardiente
e intuía la mujer intensa, radiante, alegre
que exhalaba un perfume arrobador
como de lirios rojos y de tulipanes negros.

La mirada de él era una mirada
sondeadora de almas
que al igual desnudaba impúdicamente
el cuerpo de ébano de la hermosa mujer,
que desvestía su alma nacarada.
Allí gozaba las impudicias de la carne,
aquí deslumbraba la ingenuidad del pensamiento:
allende la simbiosis del alma y del cuerpo,
anegando lo etéreo de la vida,
con rosas níveas de adoración escarlata,
encendiendo la melodía pasional
con vuelo de pájaros extasiados.

De repente su mano anido
en lo etéreo de la vida,
en la turgencia de unos senos cálidos y virginales,
a sus 28 años ella
no había conocido hombre alguno.

Las lentejuelas de la noche se escondieron
como ráfaga de encuentros
cual bandada de alondras matutinas,
la sinfonía más espléndida
fue preludio del encanto,
ella no había gozado aún
de las mieles de la posesión del cuerpo amado,
de la realización maravillosa del ensueño
en éxtasis deslumbrante,
de la entrega absoluta y sensible.

Los labios frescos y el cuerpo duro y vibrante
ante la desnudez del alma y de los cuerpos,
dieron rienda suelta a los corceles desbocados
de la pasión en aquella noche tormentosa
en lluvia de pétalos de geranios blancos
que se teñían de púrpura,
de tulipanes irisados en su mezcla
con los crisantemos multicolores,
las rosas amarillas y blancas tornasoladas
en rosáceas, y prontamente en ópalos de fuego,
seguidas de la malva dócil y bondadosa
en silentes instantes que lograban
la euritmia perfecta de contrastes nacarados
e ignescentes.

La ninfa fue nimbada, ungida de azahares,
sus ojos tornábanse vidriosos y fulgentes
iluminando la estancia,
sus senos desnudos abrazaban
el rostro ahogándolo en el vértigo
de caminos recorridos pero nunca extasiados
como en éste relámpago
de olor penetrante de su virginea piel
calcinada ansiosa de pantera en celo,
por cuyos más hondos designios
exploraba el alma en sentidos voluptuosos,
saboreando cada punto,
degustando cada espacio,
devorando en besos la intimidad enloquecida
incansable en una febril exultación
de gemidos delirantes, el rugir del amor
satinado desbordante y feraz.

La noche extasiada vio la lluvia
de pétalos ígneos una y otra vez
hasta quedar enajenada y feliz
en la inmovilidad del tiempo,
arropada por un manto tierno de mimos
y requiebros en la placidez del sueño
reparador, cual ánfora pletórica
en adoración perpetua.

La estancia amaneció revestida
por descomunales exuberancias
de geranios amarillos, orquídeas azules,
tulipanes carmesíes, margaritas plateadas,
lirios anaranjados, petunias irisadas;
con pétalos perplejos en compañía
de botones maravillados con tallos deslumbrantes
y corolas estupefactas en multicolores frenesíes
matizados de celos refulgentes.

Al arriar las velas,
con ese abrir y cerrar de almas
el poeta rompía para siempre
con su pasado de tristeza y soledad.

Fabio Alberto Cortés Guavita
Colombia

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