viernes, diciembre 12

NÁYADE HA MUERTO, Tormento de la Tempestad



Náyade, ninfa de amor
extraída de las aguas puras,...
dice la leyenda que estás dotada
de gran longevidad pero eres mortal,
cuando se acaba el agua mansa del amor real
las hijas de Zeus están llamadas al ostracismo
al olvido y a la muerte…

Mi amor fue tan grande que quiso inmortalizarte
te amé de tal manera que luche por mantenerte
siempre viva en el agua de mis deseos para
evitarte la muerte...creí ser el mítico rey
que desposaba a Náyade para crear un mundo eterno
en la cual no habría lugar para las penas, solo dicha y placer,
un mundo idealizado para ti solamente,
quise darte Tesalia, quise darte el mundo
te invité a pasar bajo la superficie del agua
para vivir en un manantial perpetuo
pero mi amor mortal se estaba ahogando,
volé cual mensajero buscando tus favores
y tu Náyade despreciaste todo mi ser… mi amor.

Que decepción de nuevo llegó a mi vida
una vez más la neurosis campeando mis noches,
las visiones ingratas, las alucinaciones cual presa fácil,
hacen de mis días un infierno…
y de mis noches el holocausto de los rencores,
sin embargo una noche...
en un tálamo de rosas asedié los senos de mi Náyade,
y separando con ingenuas anuencias el vestido,
succione los enhiestos pezones purpúreos de mi amada
frascos donde se purifican etéreos venenos,
tu comprimiste los muslos donde tu sexo incitado
se defendió por unos instantes
al mismo tiempo que se estremeció
en voluptuosas ansias celestiales.

Al rozamiento de mis labios que te sondean obscenos,
el sexo adormecido detonaba todo tu ser
divinidad palpitante, alcanzó mi mano entremetida
liberar en un instante de tus evasivas piernas
el delirante nudo, las esperanzas integras
en el alucinado frenesí descubren el cáliz inmaculado
del sexo desnudo y en una pausada tormenta
de pasión enardecida te entregaste Náyade de amor.

Al día siguiente mi postración y mi pasión trastornaron mis sentidos
a tal punto de no distinguir la realidad en mi derredor,
atinando a escribir el poema que nunca envié:
Mira, Náyade, de pronto sentí deseos de escribirte
bien quisiera entregarte este poema yo mismo, y leértelo
para no dejar pasar nada de lo que quiero decirte.
Bien sabes tú cuanto me gusta escribir,
más si se trata de ti que has sido mi inspiración
en los últimos tiempos, recuerdas....
quiero que al leer este poema te imagines
que estamos sentados los dos,
pero uno al lado del otro, por esta vez déjame hacerlo…
sin interrupciones, como la vez primera, cuando la vida
nos puso frente a frente sin saber por qué.

Náyade… yo te inventé soy tu creador,
creí serías mi redención, me ofrendé de nuevo
a los estertores de la muerte,
el Poeta amaba de nuevo, te amaba a ti Náyade
me veía en la inmensidad de tu mirada clara y llena de deseo,
así de inventé, te veía alzarse ante mi cual ánfora
en mitad del sendero solitario de mi destino,
te invente aterradoramente misteriosa como un sacramento,
virtuosamente aciaga como el acceso de la cúspide.
me aproximé a ti aun sabiendo del vértigo
que otrora marcara el rumbo por las resbaladizas rutas
donde había transitado mi alma en pos de la felicidad,
hallando tan solo dolor y soledad.

Sentí que el amor me postraría de rodillas
una vez más ante la mujer, no me hacía ilusiones con mi débil corazón,
bien se de mis flaquezas, del abatimiento pronto de mi existir,
sentía venir de nuevo la fatalidad del amor como un peso
en mi existencia, y lo peor aún, conocía que el terrible drama
de mi corazón no había llegado a su fin, aún faltaba quemar la última ilusión.
a fe que la queme, hoy encuentro que la realidad
me brinda la oportunidad de ser libre al fin…
hay que darle muerte al invento de mis poemas.

Lentamente el cortejo del níveo ataúd continúa su marcha,
blanco como mis intenciones nunca quise hacerte daño Náyade
solamente te amé, así sencillamente: te amé.
cortejo blanco como mis versos de Poeta
después de la tragedia, solamente amor hay en mi pecho,
el rencor está proscrito de mi entelequia,
el dolor no logrará jamás superar mi amor,
la angustia de perderte no puede con la felicidad de haberte tenido,
en mi una vez más triunfa el amor verdadero, en ti...
¡cuanta razón tubo mi maestro Vargas Vila!
el coche fúnebre lleva mi última ilusión en su viaje interminable,
mientras yo retomo al viaje doloroso y miserable de la vida...
de la vida sin ella.
las últimas palabras de Náyade retumban en mi mente
no te pongas así, llámame... ¿Será una nueva promesa?
¿Será acaso un débil, un tardío arrepentimiento?
te invente con miles de poemas, hoy doy muerte con un solo
a esa ilusión, a ese sueño… hoy si que tengo miedo...
de lo que se avecina en mi alma,
mi libertad por el Tormento de la Tempestad.

FABIO ALBERTO CORTÉS GUAVITA
Poeta Maesse
Agosto 5 de 2014
 

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