domingo, marzo 22

EN LA PRESENCIA DE DIOS TODOPODEROSO


Un relámpago de luz antecedente al trueno que presagia la tormenta y se cuela por la ventana de mi aposento. El gorjear del agua me hizo asomar al balcón pero no había tal lluvia, eran las lágrimas de mis hijos, de mis nietos y de Rosalba que se vertían a raudal por la muerte que una vez más visita nuestra existencia, la madre de la madre de mis hijos, la abuela de mis hijos, la bisabuela de mis nietos -eso va mucho más allá del vocablo suegra- nos abandona por un temporada. Siento una alucinación en la cual esas lágrimas van tornando una corriente rauda que fluye por las calles del viejo barrio Centenario, mientras yo estoy encadenado de pies y de manos, silenciado debatiéndome vanamente. Pero no, no hay veracidad estoy despierto, el tropel de recuerdos invade el desolado espíritu en la noche aciaga sin que el bendito sueño de tregua a la congoja. La lluvia ahora es a cántaros  transfigurándose en tormenta de truenos que se anticipan al rayo porque ya no hay luminiscencia alguna. La neurosis de nuevo campeando en mi alma.

Entre tanta penumbra, las sombras se burlan de mi existencia y juguetean por las paredes buscando que la esquizofrenia haga presa fácil de mi ser en la habitación que inmensamente sola como la eternidad va creando el marco de lo inefable, lo inenarrable se torna realidad y mi habitación se ilumina plenamente, van desfilando con una sonrisa que muestra la felicidad de quienes llegan en sonido melifluo: dulce, suave y delicado, como de arpegios de guitarras. Mi padre entra acompañado de sus padres, los abuelos Pantaleón y Eduarda; todos los 14 tíos y tías que nos anteceden en este trasegar por la existencia. A medida que van ingresando mi morada se va ensanchando para la epifanía. Ahora entran los abuelos Plácido y Concha con los tíos Humberto y Matilde y mi hermana Conchita. Los hechos acaecen a tal celeridad que mi mente no atina a comprender, cuando llegan los abuelos Alberto y Helena acompañados de Tomás, el Negro, Chucho y John, Sonia, y una amplia comitiva de personas que yo apenas distingo pero que se, pertenecen a la familia Castro Bonilla.


La irrealidad me angustia y la iridiscencia genera tal colorido que ciega mis ojos y mi mente, ya por la ventada se cuelan los primeros rayos de luz que anuncian el nuevo día y solo atino a preguntar a mi padre qué está pasando, a lo cual me contesta: -Bueno pues hay que estar de fiesta, a eso vinimos, vamos a dar una serenata de bienvenida a doña Fanny, a su suegra. Hombre no ponga esa cara coja el tiple y como en los viejos tiempos, con su abuelo y con Humberto nos vamos de serenata, cuéntele a Rosalba que Chucho y Tomás ya aprendieron a tocar instrumentos y hacen parte de esta estudiantina que hemos creado. A partir de hoy su suegra Fanny Castro Bonilla goza en la presencia del Dios Todopoderoso.

Mis viajes